Para éstas y para muchas otras, tenemos respuestas.
El desconocimiento que, hasta hace poco, se tenía sobre la RSE y sus repercusiones en la empresa obliga a tener información clara y completa al respecto para incorporarla de manera adecuada.
No debemos confundir la RSE con acciones de patrocinio, mecenazgo, donaciones puntuales o estrategias de una corporación tendentes a un lavado puntual de imagen o de mejora de su reputación corporativa.
Tampoco puede asociarse al denominado marketing con causa, herramienta mediante la cual una empresa se compromete a colaborar con un proyecto social a cambio de beneficios de imagen y suponiendo una diferenciación de marca.
Las actividades desarrolladas en el marco de la RSE han de estar vinculadas a la actividad básica de la empresa, tener una vocación de permanencia e implicar un compromiso de la alta dirección.
El término RSE es un concepto muy amplio que debe adaptarse a cada situación particular. Hay cierta tendencia errónea a equiparar la RSE de todas las empresas, e incluso de cualquier organización.
La responsabilidad social a aplicar por las empresas variará en función de múltiples parámetros, entre otros el sector en el que desarrolle su actividad, el tamaño o las áreas geográficas en donde esté operando.
No es comparable la RSE de una entidad financiera a la de una empresa del sector energético. En el primer caso su principal responsabilidad vendrá derivada de su labor de intermediación, es decir a quién o qué proyectos financie. Las empresas del sector energético deberán gestionar, sin embargo, de una manera eficiente sus impactos directos sobre el medioambiente y sobre los Derechos Humanos, evitando desplazamientos forzosos.
La RSE a aplicar por una micropyme no se puede comparar con la de una multinacional. La implicación de la empresa y la exigencia de gobiernos y ciudadanos debe ser radicalmente diferente.
Muchas de las empresas contemporáneas se han convertido en meros centros de diseño y financieros, teniendo subcontratado todo o gran parte del proceso de producción. La responsabilidad social de la empresa alcanza a toda su cadena de suministros.
Un ejemplo práctico: la empresa X tiene 8 centros de producción propia y 1.800 centros contratados, de los cuales, el 80% son completamente dependientes de ella. La empresa X tiene la responsabilidad de velar por que en sus centros contratados las condiciones laborales sean las adecuadas y cumplan con los estándares legales nacionales e internacionales.
Una parte importante del sector empresarial afirma que la RSE es una herramienta reputacional, más allá de las disposiciones legales que aporta valor a la marca y que por lo tanto, debe de ser voluntaria.
Por norma general, las empresas no asumen la RSE como parte integrante de la estrategia de gestión de la empresa. Al tratarse de un concepto amplio, cada empresa adapta la RSE a sus condiciones particulares y al proceso más sencillo posible.
Son muchas las empresas que han optado por la fórmula de la autorregulación, a través de los denominados Códigos Éticos o de Conducta, para corregir los impactos negativos que genera el desarrollo de su actividad. Los Códigos de Conducta son normas dictadas, en la mayoría de los casos, de forma unilateral por parte de las empresas cuya aplicación no está sujeta a procesos de verificación externos.
La clave está en si este mecanismo es suficiente para corregir los defectos de mercado y la economía global. En nuestra opinión, se trata de iniciativas de carácter positivo pero que son del todo insuficientes por varios motivos:
Ya hemos visto que las medidas de autorregulación dictadas por la empresa son insuficientes. Por lo tanto, es necesario el establecimiento de reglas y mecanismos comunes para todos los actores. De este planteamiento, han surgido algunas iniciativas desde instituciones y organismos supranacionales y multilaterales como las Líneas Directrices para Empresas Multinacionales de la OCDE, y las Normas sobre las responsabilidades de las empresas transnacionales y otras empresas comerciales en la esfera de los Derechos Humanos.
La pérdida de capacidad de los gobiernos para regular en una economía global, la proliferación de las subcontratas y el creciente interés de los ciudadanos por las vulneraciones sociales y medioambientales ha incrementado la importancia de la labor de las organizaciones sin ánimo de lucro.
Los ciudadanos tenemos la obligación de promover, garantizar e incentivar a las empresas a que desarrollen prácticas comerciales responsables. Sin embargo, todavía no nos ponemos de acuerdo sobre la importancia de la opinión pública y de las decisiones de consumo.
Por tanto, se hace necesaria la sensibilización y educación sobre la necesidad de ser más críticos y conscientes en nuestras decisiones y actos diarios. Debemos de ser capaces de hacer ver a las empresas que comprendemos que la RSE no es más que hacer las cosas bien, respetando a clientes y trabajadores.
Se trata de un concepto transversal que afecta a muy diversos ámbitos: desde los Derechos Humanos a las leyes de la competencia, pasando por el apartado de Derechos Laborales, medio ambiente, protección del consumidor y salud.
Estas políticas se agrupan en cuatro grandes áreas y, dependiendo a cuál de ellas pertenezca la medida desarrollada por su empresa, deberá comunicarla a diferentes destinatarios:
- Si afecta al mercado: empleados, clientes, organizaciones de consumidores, proveedores, socios empresariales e inversores.
- Si afecta al lugar de trabajo: empleaos, sindicatos implicados, comunidad local y poderes públicos.
- Si afecta a la comunidad: empleados, instituciones locales implicadas, ONGs relevantes.
- Si afecta al medio ambiente: empleados, socios empresariales, ONGs relevantes, consumidores, poderes públicos y entorno comunitario.
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